¿Qué tipo de ingeniería separa a un proyecto de hidrogeno verde exitoso de uno que nunca se construye
Idally Pedroza, Grupo Mictlán
La transición hacia una economía basada en el hidrógeno verde ya no depende únicamente del desarrollo tecnológico. Su mayor desafío consiste en alcanzar la competitividad económica sin comprometer la viabilidad técnica y financiera de los proyectos.
La Agencia Internacional de Energía (IEA) estima que, en ausencia de incentivos o mecanismos de apoyo, el costo de producción del hidrógeno verde deberá situarse por debajo de 2 USD/kg para competir de manera directa con las alternativas convencionales. Sin embargo, alcanzar ese objetivo no dependerá exclusivamente del precio de la electricidad renovable ni de la eficiencia de los electrolizadores. Existe un factor igual de determinante que con frecuencia recibe menor atención: la capacidad de desarrollar infraestructura con certeza técnica, dentro del presupuesto previsto y conforme al cronograma establecido.
La evidencia internacional demuestra que más del 60 % de los proyectos de infraestructura energética experimentan sobrecostos durante su ejecución. Estas desviaciones incrementan el riesgo financiero, retrasan la entrada en operación de los activos y, en los casos más críticos, impiden alcanzar el cierre financiero o incluso la construcción del proyecto. Más allá de su impacto económico, representan un obstáculo para acelerar la descarbonización y consolidar una transición energética ordenada y sostenible.
Durante la última década, la transición energética ha dejado de centrarse exclusivamente en la expansión de las energías renovables para enfocarse en la descarbonización de aquellos sectores donde la electrificación directa continúa siendo técnica o económicamente inviable. En este contexto, además del papel que desempeña el gas natural como combustible de transición, el hidrógeno verde ha adquirido una relevancia estratégica como vector energético capaz de sustituir combustibles fósiles en industrias de difícil abatimiento de emisiones.
Esta transformación ya forma parte de la estrategia industrial de las principales economías del mundo. Europa impulsa el hidrógeno verde como un componente de su seguridad energética; Japón y Corea del Sur aceleran inversiones para asegurar el suministro futuro de combustibles limpios; mientras que Norteamérica fortalece la producción, la infraestructura y el consumo de hidrógeno como una herramienta para incrementar su competitividad industrial y fortalecer cadenas de suministro estratégicas.
En este escenario global, México reúne condiciones favorables para posicionarse como uno de los actores más relevantes de la economía del hidrógeno. El país dispone de los mejores recursos solares y eólicos del continente, una ubicación geográfica privilegiada junto al mayor mercado consumidor del mundo, una extensa infraestructura industrial, puertos con vocación exportadora y un entorno impulsado por el nearshoring, fenómeno que incrementa la demanda de procesos productivos con menor huella de carbono. La convergencia de estas ventajas competitivas no solo fortalece el potencial de México como productor de hidrógeno verde, sino que también abre la oportunidad de consolidarse como un nodo regional para el desarrollo de cadenas de valor vinculadas a este nuevo mercado energético.
Desde la perspectiva nacional, este potencial adquiere una dimensión estratégica adicional. La magnitud de estas inversiones transforma por completo la manera de gestionar el riesgo. Proyectos cuyo CAPEX puede superar varios miles de millones de dólares requieren decisiones sustentadas en información técnica confiable desde la etapa de prefactibilidad. La confianza que demandan desarrolladores, inversionistas, entidades financieras y contratistas EPC no se construye únicamente con proyecciones de mercado, sino con evidencia capaz de demostrar que el proyecto será técnicamente viable, financieramente sólido y ejecutable dentro de los parámetros previstos. En la práctica, esta certeza técnica también se traduce en certeza financiera. Una ingeniería desarrollada con información confiable permite reducir contingencias, mejorar la precisión del CAPEX y brindar a inversionistas, entidades financieras y contratistas EPC un mayor nivel de confianza durante los procesos de evaluación y cierre financiero. Los futuros proyectos de Hidrogeno verde dependerá de la capacidad para transformar esa ventaja natural en infraestructura técnicamente sólida, financieramente viable y preparada para operar con eficiencia durante las próximas décadas.
¿Qué determinará que algunos proyectos de hidrógeno verde alcancen la operación comercial mientras otros permanezcan únicamente como anuncios de inversión?
La respuesta radica en la capacidad para gestionar el riesgo desde la etapa de prefactibilidad. En este proceso, los gemelos digitales se consolidan como una plataforma de toma de decisiones basada en evidencia técnica topográfica, geotécnica, hidrológica, ambiental y meteorológica en un modelo dinámico que permite evaluar alternativas de emplazamiento, anticipar restricciones, optimizar el diseño y respaldar cada decisión.
Conforme el proyecto evoluciona, el modelo digital permite simular el comportamiento integral de la planta, optimizar la configuración de los sistemas de electrólisis, almacenamiento y compresión, así como coordinar las distintas disciplinas durante la ingeniería de detalle y la construcción. El resultado es una reducción de interferencias, retrabajos, órdenes de cambio y desviaciones en costo y cronograma.
Una vez en operación, el gemelo digital se convierte en una representación dinámica del activo. La integración de sensores, sistemas SCADA e inteligencia artificial posibilita supervisar el desempeño en tiempo real, optimizar el consumo energético, implementar estrategias de mantenimiento predictivo y maximizar la disponibilidad operativa, contribuyendo a mejorar la rentabilidad del proyecto durante toda su vida útil.
La experiencia internacional demuestra que los mayores riesgos de un megaproyecto energético no siempre están asociados a la tecnología, sino a la incertidumbre durante su desarrollo. Un ejemplo emblemático es Snowy Hydro 2.0, en Australia, una de las obras de infraestructura energética más ambiciosas del mundo. Lo que comenzó como un proyecto hidroeléctrico con una inversión estimada cercana a los 2,000 millones de dólares australianos terminó enfrentando complejas condiciones geológicas que inmovilizaron durante meses a la tuneladora principal, provocando retrasos significativos, litigios y un incremento presupuestal superior a los 12,000 millones de dólares australianos. Las investigaciones posteriores concluyeron que el modelo geológico utilizado durante el diseño no representó con suficiente precisión la complejidad del subsuelo.
La lección trasciende el caso australiano. Ningún megaproyecto está exento de enfrentar incertidumbre; la diferencia radica en qué tan preparado está para identificarla y gestionarla antes de que se convierta en un sobrecosto.
Aunque una central hidroeléctrica subterránea y una planta de hidrógeno verde responden a tecnologías distintas, ambas comparten un mismo factor crítico de éxito: la calidad de la ingeniería con la que se comprende el sitio antes de construir. En México, donde los proyectos de hidrógeno verde podrían requerir inversiones de entre 500 y más de 5,000 millones de dólares, una caracterización insuficiente del terreno puede traducirse en rediseños de cimentaciones, modificaciones constructivas, sobrecostos, retrasos y una pérdida significativa de competitividad.
El desarrollo de una planta de hidrógeno verde exige integrar infraestructura de alta complejidad; electrolizadores, sistemas de almacenamiento, subestaciones, tuberías, edificios industriales y obras civiles, cuyo desempeño depende directamente de las condiciones geotécnicas, hidrológicas y estructurales del emplazamiento. Es precisamente en este punto donde los estudios especializados y los gemelos digitales adquieren un valor estratégico. Al integrar información geotécnica, hidrológica, topográfica y estructural dentro de un único entorno digital, permiten anticipar conflictos, validar escenarios y respaldar decisiones de ingeniería antes de que la incertidumbre se traduzca en costos, retrasos o rediseños durante la construcción.
Para México, el potencial del hidrógeno verde en estados como Sonora, Tamaulipas, Veracruz, Oaxaca o Baja California no dependerá únicamente de la abundancia de recursos renovables. Cada una de estas regiones presenta condiciones geológicas, hidrológicas, topográficas y climáticas particulares que influyen directamente en la planeación, construcción y operación de un megaproyecto energético.
Mientras Sonora ofrece algunos de los mayores niveles de irradiación solar del mundo, también enfrenta desafíos relacionados con estrés hídrico, las altas temperaturas y las características geotécnicas propias de zonas desérticas. Tamaulipas combina un extraordinario potencial eólico con infraestructura industrial y portuaria, pero debe considerar riesgos asociados a suelos costeros, fenómenos hidrometeorológicos y condiciones de corrosión ambiental. En Veracruz, la elevada precipitación, la complejidad hidrológica y la presencia de suelos blandos en diversas regiones demandan soluciones de ingeniería capaces de mitigar riesgos de inundación, asentamientos diferenciales y estabilidad de cimentaciones. Oaxaca incorpora condiciones topográficas accidentadas, elevada actividad sísmica y una de las regiones eólicas más importantes del continente, mientras que Baja California combina un alto potencial solar con actividad tectónica, condiciones desérticas y una creciente demanda de infraestructura energética vinculada al mercado norteamericano.
Este mosaico de condiciones confirma que ningún proyecto de hidrógeno verde puede abordarse mediante soluciones estandarizadas. Cada emplazamiento requiere una caracterización integral que permita comprender el comportamiento del terreno, la disponibilidad de recursos hídricos, los riesgos naturales y la interacción entre la infraestructura y su entorno antes de iniciar la construcción.
La transición hacia el hidrógeno verde no será liderada únicamente por quienes dispongan del mejor recurso solar o eólico. La liderarán quienes sean capaces de transformar esa ventaja natural en proyectos bancables, técnicamente robustos y ejecutados con el menor nivel posible de incertidumbre. En ese escenario, los estudios especializados y los gemelos digitales dejarán de ser herramientas complementarias para convertirse en el lenguaje común de los megaproyectos energéticos que definirán la próxima generación de infraestructura en México.
Al final, el éxito de un proyecto de hidrógeno verde no dependerá únicamente de la calidad de sus electrolizadores ni del costo de la energía renovable. Dependerá de la capacidad para transformar una oportunidad tecnológica en una infraestructura ejecutable, financiable y construida con el menor nivel posible de incertidumbre. Esa es, en esencia, la diferencia entre un proyecto que llega a operar y uno que permanece únicamente como un anuncio de inversión.



















