Por Ramses Pech – Grupo Caraiva – Grupo Pech Arquitectos
La ciencia mundial entra en una etapa decisiva. La convergencia entre inteligencia artificial, biología, computación cuántica y energía está acelerando el descubrimiento a una velocidad inédita y comprimiendo décadas de avance en pocos años. En este escenario, Estados Unidos plantea una visión ambiciosa: liderar la ciencia global, asegurar su supremacía tecnológica y convertir la innovación en un instrumento central de seguridad nacional, crecimiento económico e influencia internacional.
Esta visión toma fuerza, sobre todo, a partir del informe de la Casa Blanca Science: A New Golden Age, publicado en julio de 2026 por la Oficina de Política Científica y Tecnológica. El documento plantea una renovación profunda del sistema científico estadounidense y lo presenta como la base de una nueva edad dorada de innovación. Su eje central es claro: revitalizar la empresa científica nacional, asegurar el dominio de Estados Unidos en tecnologías críticas y emergentes, acelerar la ciencia impulsada por inteligencia artificial y convertir los descubrimientos en bienestar, industria y poder estratégico. A este marco se suman la Evaluación Anual de Amenazas 2026, la Orden Ejecutiva 14413 sobre innovación cuántica y los reportes de la Comisión Nacional de Seguridad sobre Biotecnología Emergente, que ubican a la IA, la computación cuántica, los semiconductores y la biotecnología como factores decisivos de seguridad nacional y competencia global frente a China.
La estrategia estadounidense parte de un diagnóstico contundente: la ciencia y la tecnología ya no son solo motores de productividad, sino pilares de la competencia geopolítica. Por ello, la política pública concentra esfuerzos en cuatro frentes estratégicos —inteligencia artificial, computación cuántica, biotecnología y energía avanzada—, además de reforzar la exploración espacial como extensión del poder nacional.
La inteligencia artificial ocupa el primer lugar. Su participación en la producción científica mundial pasó de menos de 1 % en 2010 a entre 5.8 y 8.8 %, y su ritmo de transformación se estima hasta diez veces más rápido que el de la Revolución Industrial. Estados Unidos busca preservar el liderazgo en modelos de frontera, inversión privada y talento, mientras China mantiene la meta de dominar la IA hacia 2030. Iniciativas como la Genesis Mission, con más de 5 000 millones de dólares y la participación de más de quince agencias federales, apuntan a crear laboratorios autónomos y sistemas capaces de proponer hipótesis, diseñar experimentos y acelerar el descubrimiento científico.
En computación cuántica, la meta nacional “Quantum First” para 2030 busca anticiparse a la próxima revolución tecnológica. La Orden Ejecutiva 14413 establece una ruta para consolidar capacidades en investigación, industria y seguridad. Avances como el chip Willow de Google, junto conel ecosistema de IBM, Quantinuum y centros de investigación de alto nivel, muestran que la cuántica será clave para descubrir nuevos materiales, desarrollar fármacos, optimizar sistemas energéticos y proteger infraestructuras críticas.
La biotecnología y la medicina de precisión constituyen otro eje de poder. Estados Unidos conserva el ecosistema más avanzado del mundo, impulsado por universidades, capital privado, empresas farmacéuticas y agencias federales. La aprobación de terapias como Casgevy, basada en CRISPR para tratar la anemia falciforme, anticipa una década marcada por vacunas contra el cáncer, terapias génicas y medicamentos diseñados con apoyo de IA. La biología deja de ser solo un campo médico: se convierte en una industria estratégica.
En energía avanzada, el objetivo es recuperar liderazgo en energía nuclear y acelerar la fusión comercial. Con inversiones superiores a 15 000 millones de dólares y proyectos como SPARC orientados a plantas piloto en la década de 2030, Estados Unidos considera que la fusión puede redefinir la economía global al ofrecer energía limpia, abundante y estratégicamente segura. La energía deja de ser solo un insumo: se vuelve una ventaja competitiva.
La exploración espacial complementa esta visión. La NASA impulsa una nueva etapa con Artemis II, el regreso tripulado a la Luna y la meta nacional de llevar la bandera estadounidense a Marte. El espacio ya no se entiende únicamente como frontera científica, sino como dominio estratégico para comunicaciones, defensa, observación terrestre y liderazgo tecnológico frente a China.
Para sostener esta agenda, Estados Unidos cuenta con una arquitectura institucional y financiera robusta. Su gasto total en investigación y desarrollo ronda 1.15 billones de dólares en 2026, equivalente a cerca de 3.5 % del PIB. La Oficina de Política Científica y Tecnológica coordina áreas críticas como IA, cuántica y biotecnología, con el propósito de reducir trámites, empoderar a los investigadores y convertir la ciencia en industria, manufactura avanzada, empleos y productividad.
China es el competidor que acorta distancias con mayor rapidez. Ya supera a Estados Unidos en gasto total de I+D medido en paridad de poder adquisitivo, con alrededor de 1.05 billones de dólares en 2025 frente a 1.03 billones estadounidenses, y su inversión científica creció aproximadamente al doble de velocidad entre 2019 y 2023. Además, lidera publicaciones internacionales, patentes PCT, número de investigadores y manufactura mundial, con 28 % de la producción global. Su estrategia es estatal, masiva y orientada a cerrar brechas en IA, cuántica y biotecnología. Aun así, Estados Unidos conserva ventajas decisivas: ciencia básica, universidades de élite, capital privado, emprendimiento tecnológico y atracción de talento global.
Europa ocupa una posición intermedia. La Unión Europea mantiene una sólida tradición científica, programas de cooperación como Horizon Europe y capacidad regulatoria global; sin embargo,su intensidad de inversión permanece por debajo de la meta de 3 % del PIB y su gasto total se ubica cerca de 0.50 billones de dólares en 2025. Conserva fortalezas en ciencia básica, materiales avanzados y robótica, pero enfrenta menor inversión privada, fragmentación institucional y menor velocidad en tecnologías de frontera. Su influencia seguirá siendo relevante, aunque difícilmente liderará la carrera global si no acelera su ritmo.
México enfrenta el desafío más profundo. Su inversión en I+D ronda apenas 0.26 % del PIB, uno de los niveles más bajos de la OCDE, con un gasto anual cercano a 5 000 millones de dólares. Esta brecha limita infraestructura, investigación aplicada, formación de talento y autonomía tecnológica. No obstante, el país tiene una oportunidad estratégica: integrarse a cadenas de valor de manufactura avanzada, semiconductores, energía y biotecnología mediante su cercanía con Estados Unidos, su base industrial y su población joven. Para lograrlo, necesita una política de innovación sostenida, inversión público-privada y una visión de largo plazo.
La década 2026–2035 definirá una nueva jerarquía científica y tecnológica. Estados Unidos busca que la próxima edad de oro de la innovación sea también una era de supremacía nacional; China acelera para disputar ese liderazgo; Europa conserva influencia, pero requiere mayor escala; y México debe decidir si seguirá como consumidor tecnológico o si se insertará con inteligencia en las cadenas de valor del futuro. El mensaje central es claro: quien controle la ciencia, la energía y la inteligencia artificial controlará buena parte del poder económico y geopolítico del siglo XXI.
Con todo lo observado, el futuro dependerá menos de los recursos naturales, la población o el territorio, y más de la capacidad de integrar ciencia, energía, datos, talento e industria en una estrategia nacional. La próxima etapa global será definida por países capaces de convertir conocimiento en tecnología y productividad. La inteligencia artificial acelerará decisiones y automatizará procesos; la computación cuántica abrirá soluciones hoy imposibles; la biotecnología transformará salud, alimentación e industria; y la energía avanzada sostendrá todo ese sistema.
El futuro castigará a los países que no inviertan en innovación. Quienes dominen IA,computación cuántica, biotecnología y energía avanzada reducirán dependencias, protegerán infraestructuras y crearán empleos de alto valor. La brecha será entre quienes producen tecnología y quienes la compran.
México es estratégico para Norteamérica por su ubicación, conexión con Estados Unidos, experiencia manufacturera y potencial energético. Pero esa ventaja puede perderse sin investigación, educación técnica, certidumbre regulatoria y política industrial moderna. El nearshoring atraerá inversión, pero no garantizará desarrollo tecnológico si el país sigue limitado al ensamble.
México necesita una visión de largo plazo que una al Estado, universidades, empresas y centros de investigación. Debe invertir en ciencia aplicada, formar talento, fortalecer su sistema eléctrico, impulsar semiconductores, desarrollar IA y aprovechar la transición energética. Sin electricidad suficiente, limpia y estable no habrá manufactura avanzada ni integración industrial.
La decisión es histórica: México puede observar desde la periferia o integrarse a la economía tecnológica. Si alinea energía, educación, ciencia, inversión y política industrial, será un socio indispensable de



















