Idally Pedroza Grupo Mictlán
Los conflictos geopolíticos, como el más reciente en el Estrecho de Ormuz, no solo sacuden al mercado energético global; también aceleran una reconfiguración estructural del suministro mundial. Para México y América Latina, este es un momento decisivo para transicionar de actores periféricos a protagonistas estratégicos. La fragilidad de las cadenas de suministro, combinada con la urgencia de estabilizar precios e independencia energética, abre una ventana única para consolidar un nuevo orden energético basado en resiliencia, cercanía logística y generación limpia.
Históricamente, las guerras han acelerado cambios estructurales. La dependencia europea del gas ruso y el petróleo de Medio Oriente ha generado una carrera por fuentes locales, renovables y más seguras. Por tal motivo, países e inversionistas están acelerando la búsqueda de soluciones para generar su propia energía, alejándose de depender de un mercado volátil y riesgoso para garantizar estabilidad a largo plazo. Es entonces, cuando la región latinoamericana (considerando a México, Centroamérica y el Caribe como bloque) debe explotar la ventaja de ser vista como «proveedor verde» para el mundo, debido a la combinación de abundancia de recursos renovables, territorio disponible y tratados comerciales. Abriendo las posibilidades para que se dé el nearshoring que no debería limitarse a la manufactura; también puede aprovecharse en industrias intensivas en energía que buscan diversificar sus fuentes y acercarlas a sus cadenas logísticas, o tal vez, pronunciarse como el hub energético estratégico en el nuevo orden global.
La experiencia internacional nos muestra que los países que logran adaptarse rápidamente ante estos escenarios son aquellos que han invertido de forma consistente en: almacenamiento, respaldo, digitalización y planeación técnica de largo plazo. Australia, por ejemplo, enfrentó apagones masivos en 2016 y hoy cuenta con uno de los sistemas más robustos del mundo gracias a la integración de almacenamiento en baterías (como Hornsdale Power Reserve), el diseño de servicios auxiliares obligatorios y un plan de desarrollo de red a 20 años ISP (Integrated System Plan) construido sobre evidencia técnica y participación multisectorial.
A diferencia de otras regiones emergentes, América Latina tiene atributos estratégicos que no deben subestimarse: su cercanía con el mayor consumidor del mundo (EE.UU.), su vasta disponibilidad de recursos renovables como solar, eólica y litio, y una red creciente de tratados comerciales que facilitan la integración energética. Esta combinación convierte a la región en un candidato natural para liderar proyectos de infraestructura crítica, energías limpias y almacenamiento resiliente.
Pese a su potencial, México arrastra retos estructurales. Desde reglamentos y legislación que han sido rápidamente rebasados por la tecnología, la falta de una reforma fiscal efectiva desde 2014, que han sido factores para limitar a gran parte de la inversión en infraestructura energética, así, como un plan estratégico que ha sido segregado y difícil de mantener alineado con un mismo objetivo con el paso del tiempo.
La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) advierte que el país está entre los últimos en recaudación fiscal entre sus países miembros de Latinoamérica y el Caribe, lo que restringe el financiamiento para obras clave. A esto se suma una baja recaudación por impuestos verdes que de acuerdo con datos del CIEP (Centro de Investigación Económica y Presupuestaria) en 2023 la recaudación total fue de 2,590.7 millones de pesos en 13 de las 26 entidades federativas que tienen el marco regulatorio para aplicarlos, lo que equivale a solo 0.27% de los ingresos totales estatales para ese año, cuando estos mecanismos podrían ser un vehículo para impulsar tecnologías limpias y resilientes. Con base a la experiencia en mercados internacionales, Grupo Mictlán propone cinco pilares para una estrategia de resiliencia energética en México y LATAM, visto desde la estrategia técnica para el almacenamiento energético y tomando la lección más clara del conflicto y otros escenarios del mundo, ante la necesidad de infraestructura de almacenamiento.
1. Planeación técnica estratégica para hubs industriales energéticos: Países como Chile y Colombia están avanzando en modelos de planeación energética que integran escenarios de cambio climático, crecimiento industrial y capacidad de infraestructura. En ese contexto, México tiene la oportunidad de robustecer su modelo de desarrollo energético con una visión prospectiva que fortalezca el PRODESEN, integrando análisis técnicos regionalizados y actualizados.
Una estrategia clave sería desarrollar hubs energéticos regionales, alineados con las necesidades reales de los sectores industriales. Por ejemplo, el Bajío, con su fuerte concentración automotriz, y el norte del país, con sus polos manufactureros, requieren infraestructura eléctrica resiliente y adaptable. Identificar estos puntos estratégicos, evaluar su vulnerabilidad y desplegar soluciones de energía distribuida como baterías, cogeneración o microrredes, permitiría mitigar el riesgo de interrupciones y fomentar mayor inversión industrial. Esta visión debe complementarse con planes técnicos bianuales por región (Bajío, Golfo, Península, etc.) que integren crecimiento energético, demanda industrial y condiciones climáticas, asegurando una planeación más ágil y alineada con las dinámicas regionales que fortalezcan la competitividad energética del país.
2. Almacenamiento estratégico: La falta de capacidad de almacenamiento expone a la región a interrupciones graves. Colombia, con su plan de almacenamiento de energía mediante hidroeléctricas reversibles, y Brasil, con sistemas BESS para respaldo de energía solar, han comenzado a reducir su vulnerabilidad. En México, urge el desarrollo de terminales de almacenamiento incluso de gas natural, diésel y turbosina en zonas logísticas clave como el bajío, norte y puertos estratégicos, esto como parte de una solución inmediata. Además de impulsar los sistemas BESS (almacenamiento con baterías) para grandes usuarios industriales que cuentan con contratos PPA combinados con energía solar o eólica.
3. Acelerar el desarrollo de mercados para servicios auxiliares: Si bien, México ya cuenta con proyectos de energía distribuida y respaldo con generación rápida, carece de incentivos claros, específicos y eficientes para la inversión en plantas de respaldo, baterías o soluciones de control de frecuencia. Aprender del modelo australiano y adaptarlo al contexto local es una tarea urgente, que además permitiría monetizar la estabilidad cuando; se licitan, subastan o contratan estos servicios de manera independiente al suministro de energía y se establecen tarifas reguladas o precios de mercado por cada servicio auxiliar, pero también se penaliza a quienes no cumplan con los requerimientos de calidad.
4. Contar con un sistema de Trazabilidad: Con la reciente creación de la Comisión Nacional de Energía (CNE), y considerando entre sus atribuciones la supervisión técnica y la función sancionadora, es clave impulsar sistemas de trazabilidad que refuercen su capacidad operativa. Una medida estratégica sería la modernización e implementación de sistemas inteligentes que permitan reconfigurar la red automáticamente en situaciones de sobrecarga, como complemento a los objetivos ya planteados.
En este sentido, contar con una plataforma nacional tipo EMS (Energy Management System) que integre generación renovable, térmica, sistemas de almacenamiento en baterías (BESS) y perfiles de carga sería
esencial para tener una gestión energética unificada y en tiempo real. Asimismo, el desarrollo de planes de predicción climática avanzada para regiones susceptibles a olas de calor o frío extremo fortalecería la anticipación operativa ante eventos críticos. A esto se suma la necesidad de contemplar la instalación masiva de Unidades de Medición Fasorial (PMUs) en nodos estratégicos, con el fin de detectar de forma temprana caídas de frecuencia o tensión que comprometan la estabilidad del sistema. Finalmente, avanzar en una regulación que promueva o en su caso, establezca la obligatoriedad de integrar sistemas BESS en plantas solares o eólicas ubicadas en zonas sensibles, permitiría fortalecer la confiabilidad de la red y acelerar la transición energética bajo criterios de resiliencia y continuidad operativa.
5. Marco financiero y ESG como aceleradores: La atracción de capital depende no solo de la viabilidad técnica, sino también de la bancabilidad y alineación con criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG). México y América Latina pueden convertirse en destino prioritario para fondos climáticos, bancos multilaterales y capital institucional si sus proyectos energéticos se diseñan con trazabilidad, inclusión social y cumplimiento ambiental.
La creación de instrumentos financieros verdes, combinada con una regulación clara para almacenamiento y servicios auxiliares, abriría nuevas avenidas de inversión. Sí, los conflictos bélicos están acelerando un cambio estructural en la forma en la que el mundo concibe su sistema energético. Este momento histórico exige una respuesta técnica firme y coordinada. México y América Latina no deben limitarse a ser observadores; tienen la oportunidad real de posicionarse como proveedores estratégicos de energía limpia, confiable y resiliente. Para lograrlo, es indispensable habilitar condiciones que impulsen la inversión en tecnologías de generación y almacenamiento energético, tomando como base aquellas estrategias internacionales que ya han demostrado resultados concretos. El reto no es únicamente tecnológico, sino de gobernanza, planificación, diseño y ejecución. Y es ahí donde se requiere de actores con visión técnica integral, experiencia de campo y entendimiento profundo del mercado energético.
Desde la construcción de terminales de almacenamiento de gas natural licuado (LNG), la integración de sistemas fotovoltaicos con BESS, el desarrollo de microrredes inteligentes o la operación de servicios auxiliares en red, cada solución exige una base de ingeniería robusta.
En Grupo Mictlán, no solo diseñamos infraestructura energética: diseñamos confianza. Nuestra experiencia operando en México, Estados Unidos y Canadá nos permite acompañar a gobiernos, fondos e industrias con soluciones bancables, resilientes y adaptadas al contexto local.
Creemos que la resiliencia no se improvisa: se diseña, se planifica y se construye con responsabilidad técnica. Por ello, compartimos esta visión como un llamado a la acción, y nos ponemos a disposición de quienes, como nosotros, creen que es momento de transformar los riesgos en oportunidades para construir un sistema energético fuerte, sostenible y soberano para México y América Latina.





















